Una nación humillada

Robar a un colectivo nacional su autoestima, esa conciencia de solidaridad en el sacrificio, es una conducta temeraria porque los pueblos son como los animales heridos: más peligrosos cuando más perdidos se sienten. Y así están los españoles, heridos y humillados, aunque muchos los suponen (y es dudoso que lo estén) también resignados.

Renan dejó dicho que una Nación “es un alma, un principio espiritual”. Pues bien: golpear una y otra vez sobre ese patrimonio intangible nos lleva a la advertencia del clásico autor francés: “Las naciones no son algo eterno” porque su existencia exige “un plebiscito cotidiano, al igual que la existencia del individuo es una afirmación perpetua de la vida”. Mañana, doce de octubre, será la fiesta en el calendario de una Nación humillada, sin plebiscito cotidiano de seguir siéndolo si quienes deben dirigirla son los que ahora lo hacen. Son ellos la manzana de discordia, los agentes de la humillación. Y no es cuestión de ideologías. Lo es, pura y simplemente, de probidad y de competencia.